
Un patio en San Pedro Sula donde todo comienza.
Un artesano de veintitrés años caminó al patio de su familia con un martillo, un perforador y un solo trozo de cuero. No tenía fábrica, ni inversionistas, ni nombre de marca — solo la convicción de que los mejores artículos de cuero del mundo podían hacerse aquí mismo, con manos hondureñas. La primera billetera que vendió fue cosida a la luz de una vela. Los vecinos empezaron a tocar la puerta pidiendo cinturones, luego billeteras, luego bolsos. Un nombre susurrado en el barrio pronto cruzó la ciudad: Danilo.






































































